Cero con cuarenta y cinco. Los guerreros de terracota. ¿No es fascinante la historia? Los chinos también mueren.

Tiempo atrás tú y yo luchábamos dorso con dorso, protegiéndonos la espalda el uno al otro. Para llegar a la tuya, habían de batirse cara a cara conmigo. Para llegar a la mía...

Cero coma cuarenta y cinco. Guerreros de terracota. ¿Conoces la historia? Los chinos además de morirse tienen sus paranoias sobre la ulterior vida. La creencia popular es simple: lo que necesites y te haga feliz en esta vida, lo necesitarás y te hará feliz en la siguiente. Así que entiérrate con ello o préndele fuego para que acompañe a tu alma en su viaje al otro mundo. Reproducciones de casas, de coches, de televisores y, como no, de billetes con los que sobornar a los jueces del purgatorio encargados de enjuiciar tu vida terrenal y dejarte avanzar más rápidamente a los resorts del más allá, arden en el funeral. No se escatima un céntimo en el entierro.

¡Fuck Romeo! ¡Y fuck Julieta! Hubiéramos acabado con todos. Shakespeare hubiera tenido que introducir a Othelo, Hamlet y Macbeth en nuestra historia para salvaguardar a toda esa escoria de nuestra furia. ¡Chicos!, ¡Chicos! - les gritaría el bueno de William-  ¡Traed vuestros ejércitos!, ¡A prisa! ¡Estos dos animales derramarán la última gota de sangre que corre por Venecia hasta que no les permitan vivir como ellos quieren! ¡No piensan huir a ninguna parte!

Cero punto cuarenta y cinco. Guerreros de terracota. Qin Shi Huang, autoproclamado primer emperador, unificó China, a su manera, sumiéndola en el periodo más sangriento, violento y tiránico de su historia. Yacen sus restos en Lishan, una montaña rica en oro y jade. En su mausoleo espadas, lanzas, dagas, arcos, flechas, caballos, carruajes, armaduras. En su mausoleo ocho mil fornidos soldados de metro ochenta de altura en formación de batalla. El ejército que se llevó a la otra vida.

Soy fuerte. No es protección lo que espero de ti.

Cero coma cuatro cinco. Guerreros de terracota. Jin Di, cuarto emperador de la dinastía Han. Murió sesenta años después de Qin, cuyos descendientes fueron derrocados por los Han a los cuatro años de su muerte. Miniaturas de sesenta centímetros en su mausoleo. Soldados y civiles. Civiles y soldados. Una muestra variopinta de la corte y sus estratos. Hay eunucos, hay mujeres, hay músicos, hay burócratas...

Los Qin uno ochenta. Los Han cero sesenta. Tú cero cuarenta y cinco. Me hice más flexible. Fui ampliando el abanico de mi troupe, a la vez que fui bajando las expectativas respecto a ti. Aun así, para una vez que mi autosuficiencia te ha echado en falta, no has sabido estar a la altura. Enano.

Yamila Rahí.

Hace tiempo que no hago rehenes.



Estoy cambiando, para bien y para mal. Antes de conocerte también lo hice. Me dijeron lo mismo. Entonces apareciste tú, nos resultamos maravillosos. Probablemente no te lo hubiera resultado mi yo anterior. Quien sabe. La cuestión es que la cuestión no es gustarte. Siquiera gustarme. Es encontrarme. Ahí está Roma. Yo no soy ella. Hay caminos que no llevan a nada. Que se cortan. Que se desandan. Que se bifurcan, se ramifican. Que te devuelven al mismo sitio.

Seguiré probando. Entre mil sendas. Asentándome tantas veces sea necesario donde haya indicios de que se esconde mi verdadero yo. Retomaré la marcha pasado un día, dos... tres meses, diez años... si descubro que no estoy allí.

Ésa, ya no soy yo. Ésta, soy yo. Ésta, quizá no seré yo. Pero siempre habrá alguien esperando en los márgenes de cada carretera.

Soy una reina sin reino ni rey. Mi reino es mi rey. Mi corona es mi reino. La joya es mi ser.

A ratos tuya,

Ni casta ni pura,

Yamila Rahí.

Si te mueves... pregunta por mi.

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