He aquí las alegaciones tras una maravillosa velada con la policía nacional.

Don Martín Iconli Mon

EXPONE

Estando sentado en unas escaleras próximas a los aparcamientos de la Casa Colón, aparecen de la nada varias unidades de la policía nacional (agentes de paisano inclusive), y peinan la zona.

Al verme un agente, él y su compañero se acercan, informando de mi presencia por radio.

Estando a una distancia lo suficientemente próxima como para adivinar mis facciones, el agente que mantiene la comunicación por radio pone en conocimiento de su interlocutor que no soy el sujeto al que buscan:

- ¡Negativo! ,- transmite,- individuo de raza negra.

Y me pregunta qué hago ahí, a lo que respondo mostrándole un envase de refresco del que sorbo: “bebiéndome esto”.

- ¡Ah! Bebiéndote eso… ¿Y los demás? ¿Ya se han ido?

- ¿Cómo?,- pregunto estupefacto.

- Si los demás ya se han ido.

- No he estado cono nadie,- aclaro un tanto contrariado.

- ¿Entonces que estás, sólo?

Quizá fue mi cariacontecido rostro oteando el desierto horizonte que nos rodeaba mientras daba una respuesta afirmativa a su cuestión lo que llevó al agente a explicarse embarazado.

- Es que te lo pregunto porque estamos buscando a tres chicos que acaban de robar unas tiendas.

- ¡Ah!, pues en media hora que llevaré aquí sois las primeras personas que veo,- pongo en su conocimiento, por si le sirve.

Se despide y se marchan, volviendo a informar por radio.

- Negativo, individuo de raza negra… no sé… está sentado “comiendo”.

Los agentes continúan inspeccionando la zona, y amplían su búsqueda subiendo hacia un, llamémosle, mirador. Inspeccionado éste vuelven a bajar. Al encontrarse con otros agentes les indican que nada, que no hay nadie, que sólo hay un chico (vacila) de raza (vacila) un chico negro “comiendo” aquí detrás. Se marchan.

Vuelta a la solitud.

Pasados unos veinte-treinta minutos decido acercarme al edificio situado frente al que me encuentro, con la esperanza de que corra menos el aire y haga menos frío ahí. No hay suerte, así que vuelvo a los orígenes, parándome casi al final del trayecto a leer una pintada que hay en la pared. Finalizada la corta lectura me abordan dos nuevos agentes (80*3* y 11*50*), y me piden la documentación. Es aquí donde se inicia mi carrusel de conductas desobedientes, insurrectas, pecaminosas, e incluso anticonstitucionales, me atrevería a decir.

¿Saco una pistola?, ¿Salgo corriendo?, ¿Prendo fuego al edificio?

No.

Simplemente me limito a preguntar cuál es el motivo de la identificación, mientras palpo los bolsillos de mis pantalones en busca de la cartera, que localizo. Una cosa bárbara, francamente bárbara y repudiable al parecer, pues de lo contrario no se explica que se me denuncie por negarme a identificarme, cuando consta de hecho que la diligencia se llevó a cabo, y no precisamente, añado, en los términos que recoge la sentencia del Tribunal Supremo de 20 de Diciembre de 1993, a la que posteriormente aludiré.

Pero bueno, con esto al menos he aprendido para futuros tratos con agentes de la autoridad que he de someterme a sus requerimientos sin hacer pregunta al respecto, pues como ciudadano no tengo derecho, aunque lo tenga, a informarme, siquiera someramente, del por qué se va a proceder a la diligencia que me privará del normal ejercicio de mis libertades, pues esto supone un signo inequívoco de sublevación contra los ya citados garantes de la seguridad ciudadana. Lo que viene a resultar un Estado de Derecho en sentido formal, que no material, vaya.

Prosigo.

Seguido a éste mi primer, que no último, acto de rebeldía, el agente 80*3*, malhumorado, me responde que cómo que por qué, que les entregue la documentación.

Ya con la cartera en la mano, abriéndola, les digo que sí, pero que por qué me motivo se me requiere.

El agente 11*50* me reitera que me limite a entregarle la documentación, que ellos la han solicitado y yo tengo que entregarla (cosa que obviamente ya sabía).

Se la entrego y le digo que vale, que supongo que el tampoco tendrá inconveniente en facilitarme su número de placa, a lo que me responde “aquí lo tienes”, acompañando sus palabras con la señalización del lugar en que aparece grabado su número identificativo. 11*0* entrega a su vez mi carnet a 80*3* que comienza a hacer las comprobaciones pertinentes. Me pregunta qué hago ahí.

- Transitando.

- ¿Cómo que transitando?,- interroga crispado.

Me tomo un segundo de reflexión en busca de una respuesta más acertada que no encuentro.

- Transitando,- respondo enarcando las cejas y encogido de hombros, y añado un par de sinónimos no sea a que la crispación se deba a un malentendido terminológico,- pululando, deambulando…

- ¿Transitando a las dos de la mañana? (me había entendido de primeras),- sigue gritando.

- Mmm… (vacilo), sí.

- ¿Cómo que sí?, ¿por qué?,- cuestiona en su tono (gritando).

Obvio la grosería que pasa por mi cabeza y respondo que eso ya corresponde a mi esfera privada, que simplemente estoy, eso, transitando, sin más, que no le puedo dar más explicación que esa porque no la hay.

Esto para 80*3* ya fue como despotricar contra algún pariente suyo. Subieron los decibelios. Su cuello adquirió las dimensiones de mi torso (exagero) o eso me pareció, de tan cerca que lo tenía con la cabeza inclinada en clara actitud amenazante gritándome y señalándome completamente rojo a no más de dos palmos de mi pecho que cómo que eso no le atenía, que estaba entorpeciendo una investigación policial al no decirle que hacía allí a esas horas. Amenaza con levantarme un acta por desobediencia.

A lo que respondo que no estoy entorpeciendo investigación alguna, pues se me requirió la documentación y la entregué, y que de eso de que no le he dicho lo que estoy haciendo nanai, pues se lo he dicho claramente, que si a él no le sirve que sólo transite no es culpa mía, pero es lo que estoy haciendo.

- Pero por qué.

- Pues porque estoy (vacilo) caminando… dando una vuelta.

- ¿A las dos de la mañana?,- repite, como si fuera una cosa de locos,- ves normal estar dando vueltas por la calle a las dos de la mañana.

Me encojo de hombros.

- Ni lo veo normal, ni lo dejo de ver normal, es simplemente lo que estoy haciendo.

- Pues yo no veo más gente que a ti ¿Ves tú mucha gente, te has cruzado con muchas personas en la calle a estas horas?

- No, pero… yo si estoy.

- Entonces no será tan normal ¿no?, si eres el único.

- Normal no sé, pero de lo que estoy seguro es que no es ni delito ni falta.

- Pero no es normal, y como no es normal, es lógico que si te veo caminando por aquí a estas horas, que no sé lo que estás haciendo, te pregunte.

- Sólo por estar a las dos de la mañana en la calle…

- No, no, por estar a las dos de la mañana en la calle y porque estamos buscando a unas personas y tú vas con la cabeza tapada y respondes al perfil que nos han descrito.

- No, si, ya,- corroboro,- si hace un rato unos compañeros vuestros han estado aquí preguntándome porque andaban detrás de tres que habían robado.

- ¡Lo ves!, ¡lo ves!- exclama triunfal,- ves como lo hacemos por algo, que no lo hacemos por que sí.

- Ya, lo que pasa es que ellos nada más verme han dicho “negativo, individuo de raza negra”, y tú ahora me estás diciendo que respondo al perfil de los ladrones.

(Vacila)

- Sí, pero es que,- se excusa,- yo a ti te he visto de espaldas, con los pantalones anchos así bajos como iban ellos.

- Ya, pero es que es ahora me tienes de frente y sigues igual, gritándome y tratándome como si hubiera hecho algo… y llevamos ya un rato.

- Llevamos ya un rato porque no colaboras. Te empeñas en hacerlo todo más difícil.

- Más difícil no, te he preguntado por qué me pedías la documentación, simplemente, no creo que sea tan grave, y ahora encima me dices que es porque respondo a un perfil que hace veinte minutos me han dicho nada más verme que no correspondo, repitiéndolo en varias ocasiones.

Vuelve de nuevo a salirse por peteneras con que no es normal estar a las dos de la mañana en la calle, y que encima si han robado y me ve encapuchado…

Supongo que deberían advertir en las etiquetas que las capuchas te puedan traer problemas con la policía. No sé, quizá reclame en consumo a la firma que fabricó la prenda por no especificar que sí, que es muy bonita, y resguarda y tal, pero es propia de delincuentes.

De esto he aprendido que aún está vigente el toque de queda, eso sí, en una versión mucho más light que la de antaño, consistente en que si caminas por la calle a según qué horas, se presupone que algo malo has hecho o estás tramando, de ahí que ya no sólo se proceda a identificarte, sino que además no servirá con que expongas a los agentes qué “pintas” allí (aunque en ningún lado se diga que está prohibido), sino que has de argumentar con razones de peso el por qué estás ahí, dado que el simple deambular por las calles es un derecho que al parecer tiene un horario (del que no dispongo y que ruego encarecidamente el agente 80*3* me facilite), pues a altas horas de la noche pasa a ser un derecho accesorio y/o causal, es decir, para la consecución de algo y/o por algo. Siendo evidente que se han de exponer esos motivos, los haya o no, y aun cuando estos se refieran a la vertiente más íntima de tu persona, esa de la que incluso excluyes a tus confidentes.

Continúo.

El agente 80*3* se retira un poco a comunicarse por radio, mientras 11*50* continúa ilustrándome y ensalzándome el buen hacer del cuerpo, y cargando sobre mí la responsabilidad de cómo ha ido sucediendo la actuación. Respondo que muy bien, que no tengo más qué decir, que ellos sigan haciendo lo que estimen conveniente, que yo lo que quiero es que acaben y me devuelvan mi identificación, y que de igual modo haré luego lo que crea oportuno.

Dejamos de hablar. Ya sólo lo hace 80*3*, por radio. En estas siento vibrar mi móvil y lo atiendo.

- Aquí ando con la policía… no sé, que otra vez más respondo a un perfil que andan buscando.

Los agentes se giran hacia mí.

- ¡Cuelga ese teléfono! ,- me ordena a voces 80*3* señalándome.

- ¿Cómo?,- pregunto, al no entender muy bien a qué se debía que ahora también se me restringiera el hablar por teléfono.

- ¡Cuelga! ¡CUELGA!,- sin dejar de señalarme, acercándose apresuradamente,- ¡Cuelga!

Antes de que pudiera preguntar el por qué de esta nueva ya estaba 80*3* estrujándome, placándome, inmovilizándome la mano para que no pudiera seguir hablando y colgara.

Al otro lado de la línea se oye un inquieto “¿qué pasa?... ¿estás bien?”.

- ¡Cuelga!

Me las apaño para que mi pulgar bloqueado llegue a la tecla adecuada y cuelgo.

- ¡Te estoy diciendo que cuelgues! (en su tono), qué ganas de complicarlo todo.

- ¿Pero por qué? ¿Tampoco puedo hablar?

- ¡No!, ¡No se puede llamar en medio de una intervención policial.

- ¿Pero por qué?, si no he hecho nada, y además me han llamado.

- No se puede llamar.

- Si es que no he llamado, me ha mi llamado mi pareja.

- Pues luego llamas.

- No tengo saldo.

- Pues ya te llamará otra vez.

- ¿Pero por qué no puedo hablar?

Me dice que en El Torrejón le ha ocurrido que el identificado, cacheado, o quien fuere, ha llamado a sus amigos mientras se le practicaba la diligencia y se ha armado la de San Quintín.

Reitero que yo no he llamado, que me han llamado, y una vez más 11*50* me repite que todo podría ser mucho más sencillo si no fuera por mi terrible tendencia subversiva.

Ni que decir tiene que mi terminal sigue vibrando, sin poder atenderlo, tan siquiera cinco segundos para tranquilizar a mi pareja, no sea que pida refuerzos a la Camorra y lleguen directamente desde Italia en un supersónico viaje Nápoles-Huelva sin escalas para rescatarme. Todo esto porque al haber tenido él, o un compañero suyo, no sé bien, una mala experiencia con un ciudadano descarriado, ya presupone que los demás (al menos yo) somos maleantes en potencia, lo que al cambio viene a ser como recelar de toda actuación policial por el simple hecho de que haya saltado a la palestra que en Coslada había algún que otro agente igualmente descarriado. Todo esto teniendo en cuenta también de que dudo sinceramente que en el puñado de minutos que llevábamos no hubiese tenido tiempo de terminar su diligencia. Y todo ello cuando, siendo objetivos, es decir, teniendo en cuenta que al igual que yo para ellos, ellos para mí eran también dos individuos a los que no conocía, dos individuos que llevaban cerca de media hora para llevar a cabo una diligencia que se resuelve en cinco minutos, que realizaban la diligencia basándose en que tenía unas características que momentos antes otros agentes me habían hecho saber que no tenía, que sus explicaciones eran incongruentes, que para colmo no me permitían comunicarme con nadie, el nerviosismo que suscitó en uno de ellos los escasos segundos en que lo hice, que me superaban en número, que estaban armados, que tienen una formación en materia de defensa personal de la que yo carezco, y la conducta agresiva de uno de ellos; puestos a sospechar y estar intranquilos, no se yo, la verdad, cual de las dos partes tenía más motivos para estarlo, si ellos, o yo.

Finalmente, después de media hora disfrutando de su agradable compañía, 80*3*me devuelve la identificación.

- ¿Qué vas a hacer?, ¿le vas a levantar el acta de desobediencia?,- se interesa 11*50*.

80*3* queda pensativo.

- ¿Lo firmarías?,- me pregunta.

- Yo te lo firmo, no tengo ningún problema.

- ¿Sí?,- se alegra,- ¿estarías dispuesto a firmarlo?

- Depende de lo que pongas,- recapacito.

- Si es que no habría que haber llegado a esto,- repite 11*50*,- si hubieras colaborado…

Le respondo más de lo mismo.

La cosa queda ahí. Emprenden la marcha al coche. Le pido a 80*3* el número de placa. Me lo da. Pregunto si tiene una cifra menos que el de su compañero, no sea que me haya enterado mal. 11*50* contesta que sí, porque tiene mucho más antigüedad.

80*3* ante la petición de su número de placa recita un discurso similar al de su compañero, añadiendo que hemos tardado por mí mucho tiempo para algo que es muy rápido. Reitero que no es culpa mía, que él había estado hablando por su radio y yo no me había dirigido a él en ningún momento, ni me he atribuido la potestad de cortar sus comunicaciones como él había hecho con la mía, así que si la cosa se había dilatado era por él que había estado demasiado ocupado gritándome y señalándome.

Me sermonea con más de lo mismo.

Digo que muy bien, que ya han hecho la identificación y han comprobado que estaba todo correcto, que no quiero seguir prologándolo más.

Vibra de nuevo mi teléfono. Por si acaso, no sea que vuelva a confundir mi mano con una pelota antiestrés, pregunto si ya puedo atenderlo, a lo que 80*3* me dice malhumorado que no.

- ¿Y ahora por qué no?,- replico.

- Porque estamos hablando,- responde.

- ¿Hablando? Yo no quiero seguir hablando, con quiero hablar es con mi chica que está preocupada, no contigo, que llevo ya un buen rato sin quererlo.

Afortunadamente 11*50* media.

- Venga, vámonos ya, déjale que hable.

Se van.

Al rato pasan a recogerme mi pareja, su hermano y su respectiva pareja. Acudimos a comisaría.

Tengo la grandísima suerte de que el agente que sale a atenderme es 80*3*. Allí, al interesarse por qué es lo que deseo, descubro que 80*3* sabe comunicarse con sus receptores sin necesidad de que el volumen de los decibelios emitidos por su garganta lleve su mensaje varias manzanas más allá de donde él se encuentra emitiéndolo.

Le digo que querría poner una reclamación en relación a una actuación policial que no me ha parecido del todo correcta.

Me remite al juzgado.

Mi pareja intenta que le aclare por qué me privó de atender su llamada. Éste lo hace gustosamente.

Salen todos los agentes de la comisaría, en manada. Me alegro al reconocer entre ellos al agente “negativo, individuo de raza negra”, pues con su testimonio puede corroborar la incongruencia y la arbitrariedad a la que se me sometió. Para mi sorpresa, al plantearle mi problema me dice, acalorándose a medida que hablaba, que esos dos agentes eran sus superiores (quizá no fue superiores el término que utilizó, pero era similar), y que en su opinión habían actuado de una forma correctísima (en superlativo), que él en su lugar me lleva al calabozo o me levanta un acta por desobediencia, para luego acabar decidiendo levantármelo:

- ¿Sabes lo que te digo?... que encima vienes a protestar en vez de estar agradecido de que no te hayan levantado el acta...que ahora te lo levanto yo.

Alucino.

Todo ello en una atmósfera hostil en que todos los agentes ahí reunidos alzaban la voz y nos trataban de forma despótica (miento, 80*3*, 11*50* y otro agente que estaba algo retirado y no intervino, no), mandando callar, diciéndonos que no nos dirigiéramos a ellos en el momento en que alguno se refería a algo que anteriormente habían dicho (cuando eran precisamente la mayoría de ellos los que sobraban en la conversación, máxime teniendo en cuenta para lo que lo hacían), por el mero hecho de estar disconformes con la actuación de compañeros suyos, pues al parecer se sentían ultrajados por ello, pues, por lo que desprendo de lo que decían y cómo actuaban, su razonamiento es que si ellos salvaguardan la ley, y tú estás en desacuerdo con su labor, irremediablemente estás actuando contra la ley, de ahí que no pararan de repetirnos una y otra vez hasta la saciedad la necesidad, las bondades y la importancia de la labor que desempeñan (no sé por qué, no recuerdo que ninguno de nosotros luciera una camiseta con la cara de Bakunin), con una función pseudopedagógica propia de quien se dirige a niños que estaba completamente fuera de lugar. Por lo que parece están para protegernos del menoscabo sufrido por otros ciudadanos, pero no del producido por otro miembro de las fuerzas de seguridad (no sé si porque su condición de agentes lleva aparejada a su vez la de infalibilidad, o si bien es porque lleva aparejado el privilegio de no sometimiento a la legislación. Es una duda que me gustaría me resolvieran, más posibilidades no hay). Y es que, ni que decir tiene, que de haber acudido allí para reclamar la conducta de mi vecino fontanero, en vez de la de un compañero suyo, el trato que hubiéramos recibido habría distado en mucho del que se nos brindó.

- O sea que me vas a levantar un acta por venir a reclamar un suceso en el que tú no has estado.

- Si.

- Ok… tomo nota.

- ¿Eso es una amenaza?,- interviene un agente rapado.

- No, sólo tomo nota.

- A mí me parece una amenaza.

- A mí también,- corrobora el agente denunciante.

Me giro.

Echan a mis acompañantes a empujones, quedando yo sólo dentro. Otro agente (el más alto de todos), cierra la puerta, diciendo que tendrían que haber levantado acta de desobediencia a todos, que no se puede consentir.

Espero que el agente termine el acta con la mirada perdida. Un agente de fina barba perfectamente alineada, que está tras el mostrador me “invita” a que deje de mirar las pantallas de las cámaras de vigilancia (en las que se ven partes de la comisaría tan confidenciales como el garaje), porque no me interesa. Acto seguido, otro, que no podría determinar, me “invita” a que no me apoye en el mostrador, en que estaba acodado esperando, pues no es la barra de un bar. Sin nada que hacer ando un poco en pequeños círculos, como quien espera fuera en un parto, por hacer algo, y los agentes me “invitan” a que me esté quieto en un sitio (he aprendido que transitar, pulular, sólo da problemas), el que ellos me dicen, obviamente.

El agente rapado empieza hablarme con aspavientos propios de El Neng de Castefa (literalmente), para luego más calmado preguntarme cuanto tiempo llevo en Huelva. Respondo que un año. A lo que ahora pregunta si he necesitado alguna vez ayuda de la policía. Digo que no. A lo que dice que claro, que todavía es pronto, que ya la necesitaré y entenderé mejor su trabajo.

Mientras “negativo, individuo de raza negra” termina de cumplimentar el acta, le pregunto si puedo coger mi teléfono. Me dice que no (amparándose en… no sé, entiendo que en su propio capricho), de ahí que me refiera a él como negativo para individualizarlo, y no por su número de placa, pues a falta de papel y bolígrafo, era en el teléfono donde apuntaba las identificaciones. En eso momento iba a hacerlo aprovechando que la tenía a la vista, pero no pudo ser.

Negativo finaliza el acta y lo entrega a 11*50*, que lejos de declinar la proposición actúa en connivencia con él y la firma. Seriedad, profesionalidad y ética son las tres palabras que se me pasan por la cabeza en ese momento, para la búsqueda de antónimos, claro.

Negativo me dice que si quiero copia del acta. Le digo que sí. Me dice que entonces tengo que firmarlo. Declino la proposición y me devuelve la documentación.

Le pregunto si ya puedo coger el teléfono del bolsillo. Responde que si no voy a sacar nada con lo que poder atacarle, sí. Reformulo lo que ha dicho y se reafirma: “Sí, que si no vas a sacar nada con lo que atacarme, sí.”

Muy simpático. Muy gracioso. Deberían ascenderle.

No sé por qué todo este circo me recuerda un poco al experimento de la cárcel de Stanford, y por ende a Das Experiment. Nada nuevo bajo el sol.

Cuando salgo se me ha olvidado su número de placa, y tampoco es que me muera de ganas por volver a entrar, así que me acerco a mis acompañantes, que hablan con 80*3*.

Me pregunta mi edad. Se la digo. Me dice que a él a mi edad no se le ocurriría preguntarle a un agente por qué le piden la identificación (como si fuera algo malo).

Es entonces cuando comprendo un poco su actuación y lo eximo en cierto modo en mi fuero interno, pues si no ve normal hacer valer su derecho para sí, es normal que siquiera contemple dejar que otros lo ejerzan, y lo vea como una ofensa.

No obstante, respondo que yo a su edad no me pondría a gritar y señalar a alguien de mi edad por el mero hecho de que se interesa de por qué razón le piden que se identifique.

Me dice que no es así, que el ha actuado de forma correcta, porque, ojo al argumento, me ha dicho Hola, y se ha dirigido a mí en términos de usted.

Dónde íbamos a parar. Entonces sí, ante eso me quedo sin palabras, nada que refutar al respecto, pues bien sabido es que “hola y usted” son el paradigma del buen comportamiento, y que una vez nombrados ante ello no cabe argumento en contrario. El que preceda a gritos y gestos amenazantes son minucias irrelevantes.

Dos agentes vestidos de calle entregan unas mochilas a 80*3*, el material de trabajo supongo, tras haber concluido la jornada laboral, y se marchan.

Damos más vueltas a lo sucedido. Nos vamos.

Esto es en resumidas (que no escuetas) cuentas lo sucedido en esta noche para olvidar para el recuerdo. Quizá resulte excesivamente extenso, máxime si se compara con el contenido de la denuncia… aunque bueno, quizá la parquedad de su relato, la falta de detalles y el no ahondar en ellos, se deba a esencialmente a que el agente que lo redactó no estuvo presente en el momento de los hechos, y claro, al andar un poco justo de datos, aunque quisiera, tampoco podría entrar en muchos detalles.

En cuanto a la diligencia que se me efectuó cito textualmente la sentencia del Tribunal Supremo de 20-12-1993, añadiendo acotaciones en forma de paréntesis “Lo único exigible para que sea lícita la suspensión de la libertad de circulación por el breve plazo (fueron 30 minutos, que en comparación con una vida quizá resulte irrisorio, pero que en lo que a una identificación se refiere es a mi entender excesivo) de la práctica de una diligencia de control o registro callejero es, de un lado, que exista una norma que ampare la actuación de la autoridad o sus agentes y, de otro, que se respeten los principios de proporcionalidad y exclusión de la arbitrariedad (se me identifica por algo para lo que minutos antes por otros agentes estaba categóricamente descartado), de modo que la actuación que la ley autoriza de modo general aparezca racionalmente indicada en el caso concreto y se practique sin excederse de lo necesario para su buen fin, esto es, que no rompa el equilibrio entre el derecho y su limitación (el teléfono)”.

Por todo lo anterior

SOLICITA

Ser eximido de la sanción propuesta.

a 21 de Diciembre de 2009

Firmado: Diávolo






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Veamos en que queda la gracia.

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